Hace tan sólo unos días observé cómo un miembro de un partido político recriminaba a varios periodistas su supuesta falta de ética en cuanto a su trabajo. La típica frase: “Ponéis lo que os da la gana y sacáis lo que queréis”.
Antes
de continuar, quiero aclarar que soy periodista y matizar que siempre
hay gente que toma otras posturas, por diferentes motivos. Garbanzos
negros los hay en todos los sitios.
Bien, estoy
un poco cansada de que los periodistas seamos blanco de críticas que no
nos corresponden en la gran mayoría de los casos. Como dice el gran Paco Labarga,
un periódico no es una ONG, sino una empresa, con sus intereses
propios, su poder y sus servidumbres. Y los periodistas somos tan sólo
los trabajadores de esa empresa. ¿Acaso un trabajador que, por ejemplo,
embota pimientos, quita los ajos de los botes porque no le gustan?
¿Acaso un político de un partido vota a favor de la propuesta de otro en
contra del suyo? ¿Acaso un profesor deja de enseñar a sus alumnos
historia, ciencias, idiomas,… porque no le gusten? ¿Acaso un albañil
cambia la construcción fijada por un arquitecto porque a su juicio no le
parece que quede bien?
No, todos ellos hacen lo que hacen porque
ese es su trabajo, cerrar botes con ajos dentro, aunque piquen, votar a
favor de la endeble propuesta de su partido, contar la historia tal cual
sucedió (o eso deberían) o poner el ladrillo mal puesto para que quede
bonito aunque se vaya a caer,… Bien, señores, pues un periodista tiene
que cerrar muchos botes llenos de cosas bastante peores que pimientos y
ajos y, en general, lo hace con la mayor honestidad y profesionalidad posibles.
A nadie se le ha ocurrido que los medios de comunicación, escritos, audiovisuales o digitales, todos, sin excepción, necesitan dinero para sobrevivir
y no es suficiente con el que procede de los ingresos publicitarios
(cuya estrategia requiere una revisión inmediata en muchos casos). Y los medios,
nos guste o no decirlo, se alimentan por tanto de la caridad económica
de las instituciones y las empresas, una caridad que se paga muy cara.
Es entonces, cuando un medio recibe este dinero (todo legal, claro, te
pongo unos reportajes y unos anuncietes a cambio), cuando la fina línea
del derecho a la información y la libertad de expresión se rompe a favor
de intereses económicos anidados en intereses políticos. Es decir, que se cobra como publicidad, lo que finalmente se publica como propaganda bajo el disfraz de la información.
Ante
esa tesitura, queda muy feo decirlo, pero es cierto, y efectivamente,
callamos cosas y le damos bombo y platillo a otras que no lo merecerían.
Eso no son mentiras. Yo personalmente nunca he mentido conscientemente
en ninguna de las informaciones que he publicado. Pero adornar o tapar
con un velo una información es parte del trabajo por el que nos pagan. Y
sigue siendo información veraz y honesta la que hace un periodista ante
esta situación. Porque si no, señores, se queda sin trabajo.
Que
conste que este tipo de prácticas interesadas no las asumen los
periodistas sin quejas a sus respectivos jefes, con enfrentamientos casi
diarios que tensionan el ambiente de las redacciones. Porque sí sabemos qué es lo que hay que hacer y lo más frustrante es que en realidad sabemos por qué no nos dejan hacerlo.
Y
cuando un miembro de un partido político, ese al que nunca he visto
votar en contra del voto decidido por su grupo gracias a una disciplina
de partido que siempre niega, me dice que los periodistas no somos
éticos y que callamos nuestra opinión, siempre pienso que en su mano
está liberar a los medios de comunicación de esa esclavitud que les ha
sido impuesta precisamente por los intereses políticos, además de los
económicos.
Así que, por favor, concejales,
procuradores, diputados, senadores,… voten por crear una legislación que
proteja el derecho a la información como es debida. Impongan licencias
que se retiren si el medio de comunicación en cuestión omite
informaciones, miente o se excede en la valoración informativa. Cambiar
la situación está también en sus manos.
En las
nuestras, las de los periodistas, está la de seguir escribiendo con
veracidad y honestidad, pero sin mentir; peleando cada día por hacer lo
mejor posible nuestro trabajo. Defendiéndolo ante las muchas presiones.
Para eso hacen falta directores que sean un verdadero parapeto contra
los intereses que afectan directamente a los periodistas y a la
información que éstos hacen o intentan hacer, y no obedientes corderos a
la voz de sus amos.
Y a los usuarios de los
medios de comunicación sólo puedo pedirles perdón por una situación que
cada día se vuelve más extrema. Si algún día tomamos un café
tranquilamente, les cuento toda la verdad.
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