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Periodista de radio, televisión, agencias de información y prensa escrita. En busca del nuevo periodismo.
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domingo, 17 de noviembre de 2013

Ética, salario, honestidad y mentiras. ¿Qué hace y no hace un periodista?


Hace tan sólo unos días observé cómo un miembro de un partido político recriminaba a varios periodistas su supuesta falta de ética en cuanto a su trabajo. La típica frase: “Ponéis lo que os da la gana y sacáis lo que queréis”.
Antes de continuar, quiero aclarar que soy periodista y matizar que siempre hay gente que toma otras posturas, por diferentes motivos. Garbanzos negros los hay en todos los sitios.
Bien, estoy un poco cansada de que los periodistas seamos blanco de críticas que no nos corresponden en la gran mayoría de los casos. Como dice el gran Paco Labarga, un periódico no es una ONG, sino una empresa, con sus intereses propios, su poder y sus servidumbres. Y los periodistas somos tan sólo los trabajadores de esa empresa. ¿Acaso un trabajador que, por ejemplo, embota pimientos, quita los ajos de los botes porque no le gustan? ¿Acaso un político de un partido vota a favor de la propuesta de otro en contra del suyo? ¿Acaso un profesor deja de enseñar a sus alumnos historia, ciencias, idiomas,… porque no le gusten? ¿Acaso un albañil cambia la construcción fijada por un arquitecto porque a su juicio no le parece que quede bien?
No, todos ellos hacen lo que hacen porque ese es su trabajo, cerrar botes con ajos dentro, aunque piquen, votar a favor de la endeble propuesta de su partido, contar la historia tal cual sucedió (o eso deberían) o poner el ladrillo mal puesto para que quede bonito aunque se vaya a caer,… Bien, señores, pues un periodista tiene que cerrar muchos botes llenos de cosas bastante peores que pimientos y ajos y, en general, lo hace con la mayor honestidad y profesionalidad posibles.

A nadie se le ha ocurrido que los medios de comunicación, escritos, audiovisuales o digitales, todos, sin excepción, necesitan dinero para sobrevivir y no es suficiente con el que procede de los ingresos publicitarios (cuya estrategia requiere una revisión inmediata en muchos casos). Y los medios, nos guste o no decirlo, se alimentan por tanto de la caridad económica de las instituciones y las empresas, una caridad que se paga muy cara. Es entonces, cuando un medio recibe este dinero (todo legal, claro, te pongo unos reportajes y unos anuncietes a cambio), cuando la fina línea del derecho a la información y la libertad de expresión se rompe a favor de intereses económicos anidados en intereses políticos. Es decir, que se cobra como publicidad, lo que finalmente se publica como propaganda bajo el disfraz de la información.
Ante esa tesitura, queda muy feo decirlo, pero es cierto, y efectivamente, callamos cosas y le damos bombo y platillo a otras que no lo merecerían. Eso no son mentiras. Yo personalmente nunca he mentido conscientemente en ninguna de las informaciones que he publicado. Pero adornar o tapar con un velo una información es parte del trabajo por el que nos pagan. Y sigue siendo información veraz y honesta la que hace un periodista ante esta situación. Porque si no, señores, se queda sin trabajo.
Que conste que este tipo de prácticas interesadas no las asumen los periodistas sin quejas a sus respectivos jefes, con enfrentamientos casi diarios que tensionan el ambiente de las redacciones. Porque sí sabemos qué es lo que hay que hacer y lo más frustrante es que en realidad sabemos por qué no nos dejan hacerlo.
Y cuando un miembro de un partido político, ese al que nunca he visto votar en contra del voto decidido por su grupo gracias a una disciplina de partido que siempre niega, me dice que los periodistas no somos éticos y que callamos nuestra opinión, siempre pienso que en su mano está liberar a los medios de comunicación de esa esclavitud que les ha sido impuesta precisamente por los intereses políticos, además de los económicos.
Así que, por favor, concejales, procuradores, diputados, senadores,… voten por crear una legislación que proteja el derecho a la información como es debida. Impongan licencias que se retiren si el medio de comunicación en cuestión omite informaciones, miente o se excede en la valoración informativa. Cambiar la situación está también en sus manos.
En las nuestras, las de los periodistas, está la de seguir escribiendo con veracidad y honestidad, pero sin mentir; peleando cada día por hacer lo mejor posible nuestro trabajo. Defendiéndolo ante las muchas presiones. Para eso hacen falta directores que sean un verdadero parapeto contra los intereses que afectan directamente a los periodistas y a la información que éstos hacen o intentan hacer, y no obedientes corderos a la voz de sus amos.
Y a los usuarios de los medios de comunicación sólo puedo pedirles perdón por una situación que cada día se vuelve más extrema. Si algún día tomamos un café tranquilamente, les cuento toda la verdad.

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